Habia una vez una niña con carita de angel. Su nombre era Lucille, pero pocos la llamaban así.
Lucy era encantadora, desde que dio sus primeros pasos en el mundo,las personas que la rodeaban no podian evitar adorarla.
La pequeña Lucy no se parecía mucho a sus padres, con su rizado cabello del color de la noche, su piel del tono del roble pulido y su hermoso rostro de angel, apenas guardaba similitud con su madre y aun menos se parecia a su padre. Pero eso no les importaba. Porque era una criaturita adorable.
La niña nunca tuvo problemas para formar amistades, bastaba con un par de dulces palabras y una mirada a su carita de angel para que niños y adultos por igual quisieran protegerla y considerarla una amiga.
Al crecer, con el despertar de la pubertad, algo más se despertó en ella. Un hambre que ninguna de las personas que la rodeaban podía cumplir. Hambre de poder.
Poco sabía ella del secreto de sus padres, y poco sabian sus padres del secreto de Lucy. Pero cada noche, su poder se hacía más fuerte. No le tomó más de una semana controlar los elementos a su antojo, no le llevó más de un mes modificar la realidad con su mente, en menos de un semestre, dominó la vida y la muerte. Luego de un año, tenía control sobre la existenca misma.
En cambio, durante el día, la joven Lucy obtenía más conexiones poderosas, con su carita de angel, sus hermosos rizos de medianoche y su lustrosa piel de obsidiana, cualquier persona que la conocía caia a sus pies.
Una noche, sus padres le hablaron, le contaron lo que ella ya intuía. No, ella no era una persona normal. Ella no era una persona siquiera. Ella era algo más. Un ser poderoso y antiguo, reencarnado en el cuerpo de una joven mortal. Que debía morir antes de alcanzar su poder completo.
La apuñalada por la espalda la tomó por sorpresa. El disparo en la frente fue realmente humillante. Pero el punto de quiebre fue la estaca en el corazon. Si Lucy no hubiera estado tan indignada, hubiera sido capaz de detener cualquier ataque. Pero llegaban demasiado tarde, y deberían pagar con sus vidas por la ofensa.
Había una vez una niña con carira de angel. Su nombre era Lucille, pero pocos la llamaban así.
Tenían demasiado miedo para hacerlo. Miedo de invocarla. Miedo de hacerla enfadar. Pero, principalmente, miedo de decepcionarla.
A Lucy poco le importaba, porque ese no era su nombre en absoluto. Su nombre era Lucifer, y cuidado de quien viera sin permiso su rostro de angel caido.