Esa mañana me levanté, como siempre. Hice el mate, como siempre; y comencé a leer el diario de hoy, como siempre. No tardé en llegar a la parte de avisos funebres, un placer culposo que revisaba con una minuocidad casi religiosa, como siempre.
Fue entonces cuando lo vi: "Antonio Enrique Gomez. Que en paz descanse. Nunca le olvidarán. sus amigos e hijos". Lo volví a leer, incapaz de creerlo. Era mi nombre, era mi fecha de nacimiento. El diario cayó de mis manos: la fecha de fallecimiento era ayer.
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